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Obsesión (V)

5. Carpe Diem

Cerré de golpe el álbum, no era momento de vivir en el pasado, el presente era lo más importante ahora mismo.



Eran las ocho de la tarde, me encontraba en el apartamento de siempre, pero no en la misma situación. Supongo que habría que acostumbrarse a ella y hacer lo posible para volverla a mi favor.

Me fui a la ducha, el agua fría me roció el rostro, su sonido me hizo sumirme en un mundo donde los grandes pilares de la humanidad se contagiaban de los viejos placeres de las pequeñas cosas, y vivían en armonía con ellos mismos.

Las gotas se deslizaban suavemente por mi cuerpo, masajeándomecada uno de los rincones de mi alma. Esa noche me acosté, con la certeza de que nunca volvería a ser la misma. A la mañana siguiente le dije a mi madre que me iba a la playa con una amiga que había conocido. Mejor dicho, le mentí.

Nunca me había gustado la playa, el sol penetrando en tu piel con toda su potencia, produciéndote un calor asfixiante. Todo el gentío que se reunía allí, sin dejar un minuto para relajarse... Recuerdo aquel verano, entonces tendría unos quince años, me entró el capricho de ir todos los días a la playa. En aquella época estaba en plena adolescencia, pero yo la vivía un poco diferente a las demás. Me puse contentísima porque mi piel se puso más morena de lo normal, todo para que al mes siguiente volviera aquella piel nevada que siempre he tenido. Recuerdo todo esto y me produce gracia, la verdad.


Me di cuenta de que estaba en el garaje, sentada en mi bici, a punto de salir. Os habréis dado cuenta supongo, de que me suele ocurrir. Decidí ir a una montaña que había a las afueras de Castelldefels, el pueblo en el que pasaba las vacaciones.


Entonces, allí, impulsada por la fuerte brisa marina, recordé aquel sueño que tuve hace tres días.


-Qué significado tendría?- pensé.


La mayoría de la gente no le da importancia a sus sueños, simplemente piensan que son parte de su rutina, duermes y puede que sueñes, se dicen a ellos mismos.

Pero yo no, a mi me gusta buscarle un sentido más profundo y espiritual a todo, alguna razón.


-Cuidado!- me gritó alguien.


En una milésima de segundo, giré hacia la derecha y evité una muerte segura. Me había quedado inmersa entre mis pensamientos sin pensar en los peligros que acechaba la transitada carretera. Todavía con mi corazón en las manos, intenté concentrarme en ir recta todo el camino hasta la montaña.


Llevaba ya unos veinte minutos pedaleando, cuando vislumbré al fondo del camino una gran pradera verde, propia de mediados de primavera. Más a lo
lejos, se levantaba majestuosa, aquella montaña, donde había vivido mis más bonitos recuerdos de la infancia.

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